Una herida absurda - Por Lía Chiara
El libro se abre, generoso. Azul ofrece su herida. Pide contemplación. Después el abrazo junto al pesebre. Así la narradora suspendida muchas veces en la cama o en el aire cuenta con una sonrisa o una mueca su accidente. El movimiento de una caída. Inauguración de una biblioteca. La emergencia. ¿Cómo es esto de andar sacudiendo el cuerpo roto en un viaje en ambulancia interminable?
El cuerpo empieza a escribir antes que la palabra o al mismo tiempo y aparecen, asomando debajo de una sábana, las piernas, las caderas, los nombres técnicos. También los puntos, infinitos. En el medio el dolor. El cuerpo propio que se vuelve ajeno, narrable, una textura que hay que cuidar.
Daniela se inventa los colores con forma de pañuelos que le rodean el cuello como mini abrazos. Las amigas son también parte de ese abrazo. La familia. Los animales que conforman el pesebre. Todo forma parte del ritual. El amor. Hay mucho amor en este libro.
Y la escritura. La narradora escribe sobre escribir. El cuarto propio es la cama. El lugar del sueño. También el de sanar para después volver a andar con el cuerpo eso que se escribió antes. ¿O es al revés? Escribir la emoción contenida en el paréntesis del que habla Estela Figueroa, que en algún momento se suelta, como un globo.
¿Será que el espacio de la escritura se produce allí, en la convalecencia? Reconocerse en una nueva postura. Caminar también en este libro es volver a nombrar todo de nuevo. La escritura también muestra lo fuera de lugar.
La prótesis es además del sostén, lo proto, aquello que está gestándose. Ese hueso nuevo: el lenguaje con andador después volará solo y será libro y ella empezará a nadar en él a través de las conversaciones. Una estampita, las fotos que no entraron en el libro a cambio de tu herida. Contame. Anoto en mi cuaderno. Después será volver a pisar en el aire. Un poco leer, como Daniela que escribe también en este libro su lectura y convida, paciente escritora, una especie de entramado de supervivencia frente a lo hostil que es el afuera, el mundo otro.
Las fotos conversan con la herida. Documentan, también dispersan (se agradece). Los pies asomando. El suero. Las expresiones. Los paisajes, las flores. Las sonrisas.
Toda herida es luz, dice María Negroni. Los gestos mínimos. Una mueca también puede ser una risa que no nos deja caer, que nos cuida. Hospitalaria la lectura nos vuelve un poco aprendices de este arte de cuidar y rehabilitarnos.
El relato o minis relatos que se cosen con aguja curva a la piel también son un paso a paso. Qué suerte que existen los andadores para escribir.